
Identidad inmigrante
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Damian HC
Publicado por
Cuadernos para el Diálogo nº29
¿Es la inmigración un problema? Para la derecha europea sí, “un problema real”, entre otras cosas para el mantenimiento de las “identidades” nacionales europeas.
Ya en el año 2000, un informe de Naciones Unidas “Replacement migration: is it a solution to declinin and ageing populations”, explicaba que para que la población europea pudiera mantener su nivel actual, 728 millones de personas, haría falta recibir a un promedio de 1,8 millones de inmigrantes al año de aquí a 2050. En enero de 2006, la población inmigrante en la Unión Europea era el 3,8% de una población total de 493 millones. Concretamente en España, la población inmigrante fue la causa de un aumento del 3% en la renta per capita durante el periodo 1996-2006. Durante el año 2006, los inmigrantes aportaron a las arcas públicas 23402 millones de euros, y recibieron 18618 millones de euros, es decir, dejaron un saldo fiscal de 4784 millones de euros. Un dato a subrayar es que el nivel educativo promedio de la población inmigrante, el 54,2 % con educación secundaria, es superior a la población nativa, con el 44 %. También son de interés los datos sobre la tasa de criminalidad en 2006, que en el total nacional se sitúa en 50,7 infracciones por cada mil habitantes, 0,7 puntos por debajo del máximo histórico registrado en 2002, y 20 puntos por debajo de la media europea.
En definitiva, son muchos los estudios públicos y privados acerca de la evolución demográfica y sus efectos económicos, sociales y políticos. A modo de conclusión resumida, valdría citar el informe presentado por las Naciones Unidas durante la celebración del diálogo de alto nivel sobre la migración internacional y el desarrollo: “los inmigrantes favorecen el crecimiento económico en los países de acogida al mantener la viabilidad de actividades económicas que, de no ser por ellos, se externalizarían”. En términos generales, cualquier ciudadano informado suscribiría con los ojos cerrados la afirmación que el Comité Económico y Social Europeo hace al respecto: “el desafío esta en multiplicar las ventajas de las migraciones en los países de origen” y para alcanzar dicho objetivo “los países receptores han de reconocer claramente que también son beneficiosas para ellos”. Evidentemente, calificar la inmigración como un problema es empezar con mal pie.
Todos los estudios e investigaciones realizadas por organismos y comisiones independientes, europeos e internacionales, destacan la necesidad de tender a reducir, en todo lo posible, las trabas en los procesos de regulación, eliminando todos aquellos elementos que estigmaticen socialmente al inmigrante. Es decir, dejar de comprender la inmigración como un problema y empezar a asumir que se trata de un fenómeno, un fenómeno social de carácter internacional.
Durante la pasada campaña electoral, el candidato del partido popular dijo que la inmigración es un problema que no entiende de derechas o de izquierdas. Si comparamos la respuesta que este grupo político quiere dar al supuesto “problema”, introduciendo un “contrato de integración”, con el recién creado Ministerio de identidad, inmigración y cooperación, por el gobierno de Nicolás Sarkozy, la idea de “identidad” nacional reaparece como elemento común. Muchos en España nos preguntamos de qué identidad habla el PP, pero excepto algunas referencias a la lengua y al folklore, vino, toros y flamenco, no dan más información. ¿Querrán mantenerlo en secreto? Es posible que confundan herencias culturales con identidad, reduciendo ésta a identificaciones más o menos simbólicas y trascendentes como “Patria” o “Dios”. El sociólogo polaco de origen judío Zigmunt Bauman, se refería a la identidad con estas palabras: ...brota en el cementerio de la comunidad, pero florece gracias a la promesa de resurrección de los muertos.
Los jóvenes que salieron a las calles Francesas para protestar contra la propiedad privada y las condiciones de vida, eran nietos de inmigrantes, es decir, franceses, pero no eran tratados como franceses. Crecieron y fueron socializados por las instituciones de su país, Francia, y sus aspiraciones como franceses eran las mismas que las de cualquier otro joven de su país, sin embargo, sus expectativas estaban muy devaluadas debido a su condición de franceses de 3ª generación, o sea, a las condiciones de desigualdad de oportunidades que como hijos de trabajadores emigrantes padecieron.
En la Unión Europea, la respuesta a estas experiencias es muy diferente si comparamos las propuestas elaboradas desde la izquierda socialdemócrata, “plan estratégico de ciudadanía e integración 2007-2010” en España, con las elaboradas desde la derecha, como el “Ministerio de identidad” en Francia. Para éstos últimos la inmigración es un problema que, misteriosamente, se acentúa en periodos pre-electorales, predicando con el nombre de integración lo que no son más que obligaciones de sumisión resignada para los inmigrantes. En cambio para la izquierda se trata de un fenómeno social e internacional, un fenómeno cuyas ventajas pueden ser de una gran magnitud, tanto para el desarrollo de los países receptores como para el de los países de origen, por lo que sería justo considerar de enorme importancia el promover, en el ámbito de la política exterior europea, un marco normativo internacional para las migraciones, basado en la declaración universal de los derechos humanos, el pacto sobre los derechos civiles y políticos, y el pacto sobre los derechos económicos, sociales y culturales. De hecho, qué mejores marcas identitarias europeas que los principios de igualdad, libertad y fraternidad.
Abril de 2008